Artículo en ARS OPERANDI sobre mi exposición «La imagen exportada»

El mundo actual tiene una potencia visual tan enorme que a veces incluso nos olvidamos de que nos consume constantemente. La imagen se apodera de nosotros de una manera tan feroz en el día a día que en muchas ocasiones no nos reconocemos en la fotografía recién publicada de nuestra red social favorita. Nos encontramos en una sociedad que se encuentra en continuo cambio, donde lo que más dice de nosotros es nuestra foto de perfil, no importa que se nos conozca interiormente, sino que nuestra primera presentación a través de las imágenes sea satisfactoria para el resto. Estas imágenes que exportamos al mundo de manera constante y gratuita nos hacen reflexionar sobre una cuestión, ¿somos imagen o somos una parte de la imagen?

Ahora que el consumo de imagen es mayor y que nuestra realidad se ha convertido en pura invención fotográfica, se necesita de personajes que ayuden a demostrar la idea de que en realidad solo somos imagen. Una imagen bien presentada al mundo, que puede reforzar nuestro interior o que, si bien lo preferimos así, puede darnos todo lo que necesitamos desde el exterior. Y si bien esta es fundamental para la exposición aquí presente, debemos decir que también es un plus para la artista.

Clara Gómez Campos trabaja con ese imaginario colectivo que la sociedad actual desprende diariamente, deja la puerta abierta al mundo de las redes sociales, modela y configura su trabajo a través de la selección de imágenes cotidianas de personas que no conoce o que simplemente le llaman la atención. Este proceso supone una mezcla de azar y de seguridad, en cuanto a lo que a la selección de imágenes se refiere. No hablamos de una serie de fotografías concretas realizadas en estudio y seleccionadas por la artista, sino que se trata de imágenes que selecciona en base a sus gustos propios, es decir, la ingenuidad en estado puro. Pero no opera con cualquier sujeto, sino que éste debe ser femenino. Para ella la mujer es fundamental, ya que es el elemento que usa siempre en su trabajo. Lo bello, lo sensual y lo infantil tienen eco dentro de su obra, rebosantes de un cromatismo brillante, que nos lleva a una intensa estética pop, nos trae recuerdos de aquellas imágenes icónicas y también nos deja jugar con nuestra propia imaginación.

No podemos obviar por tanto que la obra de Clara Gómez Campos reflexiona sobre la relación de la mujer con la sociedad actual, con el afán de poner de manifiesto la feminidad en sus obras, destacar en muchos casos sus rasgos más conocidos e incluso proponer un nuevo discurso dentro de la contemplación de la imagen de la mujer. A esto además, se une el inevitable emparejamiento que se hace de la mujer con lo que ella ha denominado elemento extraño, considerado un objeto que introduce en el cuadro que en primer momento desconcierta pero que pasado un pequeño lapso de tiempo nos hace comprender que es lo que realmente completa la obra.

En general su obra trabaja con la creatividad y la ingenuidad en completo estado puro, no busca la repetición de un patrón constante sino que reflexiona sobre la idea de que lo importante no es lo que pintes sino lo que dice una vez después de acabada. Su tendencia a relacionar sus pinturas con diferentes marcas conocidas o elementos infantiles no son más que la prueba de que busca una forma de canalizar de manera absolutamente excepcional sus más profundas pasiones, de manera que comparte su propia vida con el espectador a través de elementos que para nosotros son fácilmente reconocibles y para ella tienen un significado especial.

Pero alejándonos de las características fundamentales y generales de su obra, no podemos obviar que esta exposición se tiñe de un carácter tal vez más meditado pero no por ello menos eficaz. La imagen exportada es una exposición que trabaja con dos series bien diferenciadas, en las que las reflexiones a pesar de ser diferentes se complementan y cuyo fin no es más que el de hacernos recapacitar sobre la idea de nuestra propia imagen. Esta muestra podría ser considerada como un punto de inflexión dentro de la obra de la artista, ya que la atención no gira tanto en torno al paisaje, sino que su sentido más profundo se encuentra en la figura femenina y en lugares que le son agradables a ésta.

Se trata por tanto de una exposición que pretende abrir la mente hacia la visión de la mujer en la realidad, pero no de una manera forzada o con un interés crítico, sino que es algo más documental, donde se pretende registrar a este género dentro de su ámbito cotidiano, a través de actitudes y poses que cualquiera de nosotros tomaríamos a la hora de hacernos una fotografía con unos amigos o un selfie. Es aquí donde el mundo interior de la artista cobra su máxima importancia pues, si bien hemos dicho que es una visión generalista de lo femenino, éste se introduce en las piezas de manera diferente según las obras que miremos. Son rostros agradables, rebosantes de vida, que brillan por su color, por su fuerza y que interaccionan con fondos y elementos que si bien pueden parecer inconexos, recobran el sentido si entendemos que la idea de la artista no es que haya un sentido conocido por nosotros, sino que nos sea agradable y que su estética nos permita evadirnos, jugar con nuestro propio yo y vernos dentro de las obras.

Como hemos apuntado anteriormente, se trata de una exposición en donde la cotidianidad femenina es el punto fuerte, a través del elemento fotográfico que hoy día nos consume. No podemos obviar la presencia tan potente de lo mágico y lo publicitario, que si bien son dos componentes secundarios dentro de las piezas, son útiles para poder comprender el contexto en el que realiza la obra en cuanto al hecho de que para ella son igual de importantes los elementos que podemos reconocer – publicitario – y los que nos evocan a nuestra infancia más pura.

Centrándonos en las series que en esta muestra se exponen, encontramos la serie Estrellas, compuesta por seis cuadros de gran tamaño donde se plantea la visión de la mujer de hoy día desde muchas de sus múltiples facetas, bien reales bien inventadas. Se trata de un diálogo que primero profundiza en la propia Facultad de Filosofía y Letras, en concreto, la Capilla de San Bartolomé, y que le ha servido de inspiración a la artista para poder realizar el fondo de estas imponentes piezas.

Fácilmente podríamos decir que conocemos o no a esas chicas, lo cierto es que Clara Gómez Campos ha decidido que la exposición sea lo más personal posible, dándole un carácter que solo podría conseguir implicándose de una manera tan activa, seleccionando fotografías de chicas que estudian en esta misma Facultad, para que sean su fuente de inspiración a la hora de realizar las diferentes figuras femeninas que van componiendo sus cuadros, de forma que la relación de estas obras con el propio lugar no solo se ve en el lugar que ya se conoce, sino también en los rostros que frecuentemente vemos pero en los que no nos detenemos.

Invita a la mirada interior, para que al igual que vemos a estas chicas en muchas de sus actividades diarias y cotidianas, nosotros también nos veamos. Se trata así de un juego en el que al igual que el espacio se hace presente en nosotros constantemente, nosotros también nos hacemos presentes en el espacio, un diálogo que muchas veces parece no querer funcionar porque nuestra visión está tan absorta en otras actividades que no somos capaces de comprender que nosotros somos el propio rostro de los lugares que habitamos.

Tenemos por tanto un lugar que nos es conocido, bien por nuestra relación con él o por nuestro devenir dentro de nuestra propia localización geográfica, que nos lleva a reconocer generalmente esos motivos mudéjares como propios; junto con una serie de mujeres que nos hacen ver diferentes momentos que pueden hacer eco en nosotros mismos, esto nos lleva a comentar el hecho de que todos estos personajes tan sumamente diversos componen una perfecta base para poder afirmar que no se trata tanto de que las imágenes sean más sensuales, más infantiles, más folclóricas o más divertidas, sino de que el género femenino es para Clara Gómez Campos el germen perfecto para plantear sus ideas acerca de que lo cotidiano no tiene porque ser lo aburrido, sino que puede ser lo absurdo, lo extravagante o lo erótico.

Estas imágenes de la cotidianidad que se enmarcan en unos enclaves poco frecuentes, hacen que la artista mantenga la libertad de pintar a la manera que ella más desea, no es una cuestión de satisfacer los deseos de otros, sino sus propios gustos personales que van naciendo poco a poco a través de, como ya decíamos, personajes que pasan de manera fugaz por las redes sociales, que puede que nunca lleguemos a conocer, pero que tienen la suficiente fuerza como para hacernos levantar de nuestro propio asiento y reconocernos en ellas, ya que al final, no todos somos tan diferentes de lo que creemos y nuestra actitud es igual a la de otros muchos.

Partiendo de esta misma premisa pero con algunos códigos modificados, nos encontramos con la serie Cuatricomía, donde quince obras de formato mediano nos hacen replantearnos esa visión a través de muchos más elementos que provienen de la genuinidad de la artista. Son una serie de fondos que parten de los puntos benday para su composición, esta forma es verdaderamente innovadora dentro de su obra ya que es la primera vez que utiliza este sistema en su producción, lo que no solo le confiere un carácter único sino que además le dota una personalidad muy característica.

Estos fondos se van trabajando en diferentes formas y tamaños, cada elemento que aparece se amolda de manera perfecta a cada una de las composiciones y no precisamente porque sean relacionables por cualquier motivo, sino que la concordancia de los sujetos a pesar de su aleatoriedad hacen de estas obras un trabajo sumamente agradable a la vista debido a su color luminoso y a los rostros que en ellas aparecen. Se estimula sobre todo la relación del ojo con lo conocido a pesar de que los elementos, como ya hemos dicho, no tengan una obligada relación. Es por tanto interesante comprobar cómo aún en el siglo XXI continuamos reconociendo de una manera mucho más clara el arte figurativo antes que el abstracto, debido a que nuestra mirada ha sido educada para comprender lo que se ve y no lo que hay detrás, lo que desvaloriza en gran medida tanto a un tipo de arte como otro, ya que jamás se podrá interpretar una pieza al completo si nos quedamos con lo que percibimos a simple vista.

Se trata por tanto de un diálogo en el que sobre todo participa la mirada del espectador en base a su bagaje, ya que el reconocimiento de imágenes como Coca-Cola, Jurassic Park o el teléfono langosta de Salvador Dalí, entre otros, nos hacen comprender que la imagen potente y que llame la atención es muy importante para Clara Gómez Campos. No es una cuestión de querer intentar que su obra se descubra a primera vista por las marcas, como ocurriría de una forma más acusada en el pop, sino que juega con lo que mejor conoce, que no es otra cosa que su mundo interior, que le permite poder exportar todas estas imágenes en un cuadro en el que ella sienta que todos los elementos le son fácilmente reconocibles.

Afirma así que la importancia de las marcas conocidas no reside en el hecho de que sean objetos de consumo como tal que todos queramos o necesitemos, sino que se trata más de una búsqueda en nuestro propio interior, donde también nosotros encontramos puntos de unión con sus piezas, ya que no es tanto el hecho de reconocer lo que vemos ante nuestros ojos sino que estas imágenes nos hagan participes de un tiempo y momento concreto. Pero todo esto nos vuelve a remitir al mismo punto que ya comentábamos anteriormente que no es otro que el de lo cotidiano.

Esos elementos cotidianos que se hacen tan presentes en nuestra vida como lo hace en la obra de Clara Gómez Campos no tienen que ver con lo monótono, sino con aquello que nos hace poder hacer presente nuestra memoria justo cuando observamos las imágenes que se nos muestran. Estas vienen acompañadas además de otro elemento que ya hemos destacado, el género femenino, que de nuevo aparece representado en su cotidianidad, pero en este caso no solo vemos piezas de carácter individual sino que también podemos contemplar parejas de chicas que se encuentran en espacios tal vez irreconocibles para nosotros, pero que nos hacen pensar en ese instante en el que capturamos una fotografía.

Por tanto, vemos que no se trata de un intento por exaltar la feminidad o aquello que podamos creer que podría considerarse como algo espectacular, sino que es una reflexión en torno al hecho de que la belleza más natural y fascinante se encuentra en nuestro día a día, en la captura que tomamos con una amiga de un momento inolvidable, el instante en que más especiales nos sentimos o incluso en los lugares más inesperados. La relación que se establece así entre el espectador y la obra es algo muy familiar, ya que somos nosotros mismos en nuestra facultad, en nuestro bar favorito o en nuestra propia casa.

De manera que a través de La imagen exportada se intenta mostrar una visión de la realidad distorsionada, igual que aquella que damos al mundo exterior y con la que creemos que se nos define cuando puede ser todo lo contrario. Es una búsqueda de una realidad modificada a la manera en que Clara Gómez Campos la entiende, al igual que nosotros al retratarnos en una fotografía buscamos aparecer de una manera determinada, con la idea de ser agradables a los demás, la artista intenta unir elementos que le sean propios, para no perder su esencia, indagando en su interior, para poder reflejar así elementos en los que nos reconozcamos pero a la vez nos hagan sentir extraños dentro de nuestra propia vida.

Es una cuestión de la actualidad, intentamos dar una apariencia que puede ser tanto negativa como positiva, pero que en muchos casos puede servir – sin quererlo – para dar rienda suelta a proyectos artísticos como estos en los que este tipo de imágenes sirven para que nos replanteemos nuestro propio propósito en cuanto a la sociedad que nos rodea y también que nos haga jugar con elementos que si no nos fueran tan familiares, tal vez nos harían desconectar de la obra. Se trata de un magnífico trabajo de reflexión, en el que Clara Gómez Campos aboga por la sinceridad descarnada en sus cuadros, en cuanto a que no oculta su propio mundo, reflejando lo infantil y lo descarado. No se pretende dulcificar lo que hay, sino que a través de lo que se tiene se busca dar una visión que no esté contaminada por una red social y así podamos sorprendernos al completo con las obras.

En definitiva, la visión de Clara Gómez Campos está desprovista de tintes críticos que busquen denunciar algún patrón negativo o erróneo dentro de la sociedad, solo busca mostrar lo que nos es más conocido en el tiempo y lo que en muchos casos nos hace hablar y reflexionar más que muchas otras cuestiones de nuestra actualidad. Las escenas más diarias, lo femenino y los elementos extraños, se hacen presentes para dejar huella de lo que somos a día de hoy y de cómo queremos ser recordados. Es una forma de exponer al público lo que más anhelamos, que no es otra cosa que el hecho de que se nos reconozca, ya que en un mundo donde lo primero es la imagen, siempre enseñaremos nuestra mejor foto de perfil.

Texto: María Jesús Díaz, comisaria.

 

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